sábado, 24 de diciembre de 2016

NOCHE VIEJA DEL 78


Ya no soy lo que era, ni tú eres lo que eras, ya no somos lo que fuimos y no somos lo que seremos. Seguiremos siendo, sin más, dos amigos de verdad, amigos para todo y para nada, con mayúsculas y sin comillas. También sin peros y sin condiciones, aunque nos justifiquemos en el cara a cara, por miedo a que empiece la cara A o a que llegue la cara B de una cinta enrollada e inutilizada. Con espacios en blanco y también en negro, vacíos o llenos. Con días oscuros, de tormenta, tormentas de arena y de lúgubres reproches. Reproches fundados e infundados, merecidos o sin merecer. Reproches pasajeros, esposados a la guardia de las anécdotas pasadas, dueñas de la risa y de la nostalgia. Nostalgia de tardes azules y de tardes grises. Tardes haciéndose de noche, haciendo de todo y de nada. Imaginando un todo reducido a la nada o a casi nada. Nadie se quema por abrir el grifo del agua caliente, ni nadie se moja por encender una cerilla húmeda. Ahora es el momento para, dejando correr el agua y bajo la luz que ofrece un fósforo, pensar si merece la pena seguir contando el tiempo en semanas o en meses. O si lo prefieres: en noche viejas o en viejas noches.













domingo, 11 de diciembre de 2016

FUNERARIO EMBALSAMADOR


Martes 27 de octubre al anochecer, un funeral singular, el mismo día después de fallecer esa misma mañana. Tanta prisa fue considerada como indecente en el remoto e inaccesible cementerio en lo alto de la colina, donde los que acudieron tuvieron que cubrir una larga distancia a través de un camino tortuoso y embarrado por las lluvias torrenciales de la noche anterior. El funerario se mostraba nervioso mientras preparaba el cuerpo en la misma sala de autopsias en aquella peculiar mesa de obra y de poca altura, aunque obviamente trastornado por las circunstancias trataba de cumplir sus deberes profesionales con magnífico estilo y perfección. Sentado en una pequeña banqueta junto al difunto, mientras se secaba con un trapo sucio el sudor de su frente, el virtuoso funerario y enterrador aseguró su trabajo inyectando repetidas dosis a intervalos regulares de líquido embalsamador a base de una mezcla de metanol, formaldehido y etanol. Un amortajamiento a toda prisa pero brillante, excelente diría yo, con aquella expresión de paz y apariencia de vida  en el difunto este parecía dormido, por lo que una doble intención animaba a los asistentes a satisfacer su morbosa curiosidad y ese enfermizo interés de lo más macabro. Como de costumbre el resultado despertó una gran admiración entre sus paisanos y asistentes, aunque con su desatendida y sucia barba, más su conocida fanfarronería y la constante charla de mal gusto dirigida al difunto acababa por anular por completo todos los elogios que hubiese recibido.
Los servicios del sacerdote empezaron mientras el enterrador recogía su instrumental. Los comentarios del orador provocaron miradas furtivas y cruzadas entre los pocos vecinos y familiares. En suspensión en el aire una tensión encubierta de la que no pude precisar el origen inundaba la pequeña sala mal ventilada y pestilente. 
La pequeña comitiva caminó sobre las hojas secas del otoño hasta el pie de la escalera, mientras el féretro sobre la plataforma fue ascendido con ayuda de la manivela y de su molesto chirrido.
El enterrador empujaba con fuerza el ataúd hacía el interior del nicho número 26, una faena bien hecha pensó en su interior, y en otro interior allí presente, el sordo murmullo de rabia contenida seguía sin atreverse a desvelar la verdad acerca de lo ocurrido apenas unas horas antes.





































sábado, 3 de diciembre de 2016

COSTURA Y CONFECCION


Suspiró profundamente, guardó las tijeras, agujas, hilos, telas y ya solo quedaba colocar la tapa de madera sobre la máquina de coser. Con el segundo suspiro pensó que demasiadas horas pasaba cosiendo en casa para conseguir poco beneficio a cambio. Muy pocos encargos de costura y confección entraban en estos meses de verano. 
Ella esperó cinco minutos apoyada en la nevera, abrió y seguía vacía como ayer, sin nada que cenar recogió el resto de la mesa dejando caer continuas lágrimas en el desagüe de la cocina.
Los niños se hacían mayores de forma irremediable, las preguntas empezaban a no tener respuestas y el mes no acababa de llegar al maldito final. Se secó los ojos con esmero, preparó unos vasos de leche con medias galletas y se dirigió a la habitación donde encontró a sus hijos abrazados y sufriendo un dolor de barriga llamado hambre.